
En el siglo XIX, allá por 1869, un reportero del
New York Herald, Henry M. Stanley, fue comisionado a una misión periodística
apasionante y riesgosa. Su Director, Gordon Bennet, le dijo: encuentre usted
al Dr. David Livingstone. Se trataba de hallar a un ya célebre misionero
y explorador del que se había perdido el rastro en el corazón
del Africa. El Director le dijo que primero debía cubrir la inauguración
del canal de Suez, luego cumplir una serie de misiones en Egipto, Constantinopla,
incluyendo una guerra en Crimea, atravesar Persia, llegar a la India y buscar
en todo el Africa al buen misionero.
El reportero Stanley, pensó que eso era una locura, pero tenía
un contrato para ser enviado como Corresponsal a cualquier lugar del mundo,
y callado, prefirió conservar el trabajo: preferí obedecer,
dijo. Después de muchos meses, de pelear por su vida contra fieras
y enfermedades, en un pueblito llamado Ujiji, en Tanganika, Stanley halló
al misionero. “Dr. Livingstone, supongo”, le dijo. Livignstone,
apenas pudo reponerse de su sorpresa al hallar a un hombre blanco que le
llamaba por su nombre, pero le contestó de inmediato: “Sí,
y… ¿qué pasa en el mundo?”.
Como bien lo señala un escrito del periodista español Juan
Luis Cebrián , esa expresión de curiosidad resume la inquietud
esencial que todos los lectores se plantean cuando abren su diario en las
mañanas. El mismo afán de saber, la misma pregunta por la
que trabajan todos los comunicadores. La misma inquietud por la que contrataron
muchas veces a Manuel Jesús Orbegozo, la misma pasión por
la que este periodista ha pasado más de cincuenta años de
vida pescando la noticia, con curiosidad, con afán de revelación,
con sed de verdad.
Todos los seres humanos, con frecuencia nos preguntamos ¿qué
pasa en el mundo?, o simplemente ¿qué pasa hoy día?.
No es casualidad, no es una pregunta retórica, es una necesidad:
la de informarnos, la de tener conocimiento sobre lo que nos rodea para
ubicarnos frente a los hechos.
Fue por esa necesidad que nacieron los periódicos. Fue por la curiosidad
que se impulsó la búsqueda de información sobre el
ancho mundo, desde los descubrimientos de Marco Polo, o Cristóbal
Colón, hasta las expediciones a los Polos de la Tierra, o al confín
de los mares. Aunque el afán de saber tuvo también aplicación
práctica: ya en el siglo XV circulaban con profusión las noticias
manuscritas entre los mercaderes de Venecia, denominadas “avvisi”,
lo que transformó la información en mercancía valiosa.
Con el siglo XIX la necesidad de expandir el comercio y la economía
llevó al hombre a empeñarse en explorar los continentes intocados.
Pero en ello, había mucho de aventura, de desafío humano.
El mundo era muy grande y parecía ajeno, hasta que el hombre lo fue
hollando.
Recordemos que sólo en 1909 el norteamericano Robert Peary alcanzó
el Polo Norte, y el noruego Roald Amundsen en 1911 conquistó el Polo
Sur . En paralelo, se organizaron las exploraciones hacia las cumbres más
altas y hacia territorios y cuencas desconocidos del Africa y Oceanía.
Era el tiempo en que la gente quería maravillarse y sentía
la necesidad de conocer la Tierra donde vivía. A falta de realidad,
la imaginación volaba. De ahí el éxito de Jules Verne
con sus sorprendentes obras, como La Vuelta al Mundo en Ochenta Días,
o Veinte mil leguas de Viaje Submarino.
A la par que se desarrollaba la técnica y las herramientas para acortar
distancias, como el telégrafo o el cable submarino, se perfeccionaban
los modos periodísticos de narrar y de maravillar a los públicos
ávidos de información y conocimiento. Así se cultivaron
los géneros del reportaje y la crónica periodística.
Como en cualquier otra parte del mundo, en el Perú los reporteros
del siglo XIX y buena parte del siglo XX, iban a los puertos a esperar el
desembarco de pasajeros para que les contaran lo que ocurría allende
los mares. Otros vivían pendientes del telégrafo, del cable,
del teletipo. Sometidos a la dictadura de los husos horarios y de las interrupciones
en la transmisión.
Y por ello se fue perfeccionando la técnica de la noticia, con la
famosa pirámide invertida: había que contar primero lo esencial,
lo más interesante o importante, en los primeros párrafos
y dejar el desarrollo de los hechos menos relevantes para los siguientes.
Clara consecuencia de las transmisiones falibles. También había
que estructurar la información desde el lead absolviendo las preguntas:
qué, quién, cómo, cuándo, y dónde.
Lo anterior nos revela, además, que el medio condiciona el contenido
informativo. La técnica periodística se ha ido adaptando a
las exigencias del mercado y a las condiciones del modo de producir la información
pública.
La primicia
Todo esto se sustentaba en el afán de informarse.
Recordemos, la palabra viene de in-formar, que es dar forma, poner en forma.
Cada individuo, no importa dónde se halle, siente la urgencia de
dar forma a su entorno, de reconocerlo, y de ponerse en forma para reaccionar
ante los diversos estímulos de ese contexto. En suma, siempre tratamos
de conocer lo que pasa a nuestro alrededor para manejar la incertidumbre
y alcanzar algún grado de control sobre la realidad.
Esa necesidad vital y social explica los esfuerzos del ser humano por lograr
tomar el pulso de lo que le rodea. Explica también la masificación
de los medios, la prensa de a centavo en los Estados Unidos de NA. Con el
maquinismo, la despoblación de las zonas rurales y la concentración
en las grandes urbes, asomó pues, una tremenda demanda de información.
En ese contexto, una de las primeras batallas de la prensa fue dominar el
tiempo. Primero buscó la periodicidad; es decir, el emitir informaciones
de un modo regular cada cierto lapso. Luego se concentró en la búsqueda
de la instantaneidad para acortar el tiempo entre los sucesos y la divulgación
de los mismos. Lo cual se tradujo en ediciones extraordinarias, la aparición
de vespertinos, las emisiones de Flash Informativo o Ultimas Noticias, tanto
en radio cuanto en TV.
Insertados en un mundo de libre empresa y de competencia, la batalla devino
en la búsqueda de la primicia. Primicia, proviene del Latín
primitia, quiere decir fruto primero de cualquier cosa.
La Primicia, el fruto primero de la información, planteó,
entonces, como atributo esencial de la noticia, la novedad, esto es, la
revelación, el dar a conocer los hechos o situaciones que el común
de las gentes desconoce. Este valor se daba respecto a dos variables: con
relación al público hacia el cual iba dirigido, y respecto
a la competencia.
Así pues, la prensa tenía que buscar aquello que fuera socialmente
significativo para su público, lo que fuera trascendente, lo que
aportara ese valor de la revelación. Al mismo tiempo, ese esfuerzo
tenía que ser un aporte diferenciador del resto de medios. Un diario
debía contar algo distinto y hacerlo antes que los demás para
ser apreciado. La competencia, pues, impulsó a la prensa a invertir
en personajes y recursos para contar los hechos más maravillosos
donde fuera que ocurrieran.
Quizá por ello diversos talentos se pusieron al servicio de la crónica:
Mark Twain, remontó el río Mississippi contando sus experiencias;
John Reed narró de modo militante las revoluciones Mexicana y Bolchevique;
Ernest Hemingway cubrió la Guerra Civil Española; Gabriel
García Márquez recorrió Europa y traspasó la
Cortina de Hierro, sorprendiendo a sus lectores con la riqueza de sus descripciones.
La crónica del viajero tomó ciudadanía propia, distanciándose
del mero reporte informativo, puesto que a la novedad le agregó la
profundidad del análisis, la impronta personal en el enfoque, el
toque literario.
Las crónicas del viajero
Es en esta corriente que se inscribe el trabajo del Corresponsal
Viajero Manuel Jesús Orbegozo. Manuel Jesús, principalmente
como enviado de El Comercio, durante tres décadas, estaba donde estaba
la noticia, o sino, él creaba la noticia. Premunido casi siempre
de un carnet, un pasaporte, unos cuántos dólares, una cámara
fotográfica y su misión periodística, logró
crónicas memorables.
Tarea apasionante, difícil, muchas veces riesgosa. El propio cronista
nos ha contado cómo más de una vez estuvo al borde de la muerte.
Estaba en Haití para recoger impresiones sobre el fin de la era Duvalier,
cuando todo era confusión, hambruna y protesta. En una calle de Puerto
Príncipe, varios periodistas observaban una protesta cuando un camión
militar se detuvo, bajaron soldados y abrieron fuego indiscriminado sobre
todos, incluyendo los periodistas. Cuerpo a tierra y salvó de milagro.
En camino a Estambul, tuvo que bajarse de un tren en Alexandrópolis
para ser atendido de urgencia de una prostatitis aguda. Unas horas más
en el tren y la uremia lo mataba. Muchos días después, ya
en Lima, escribía su crónica aún fastidiado con una
sonda vesical. Su búsqueda de la novedad, la necesidad de satisfacer
a sus lectores, le hizo ignorar las demandas de su propia naturaleza.
Si bien algunas veces estuvo en riesgo por su afán de conocer, otras
veces lo estuvo precisamente por desconocer.
Así, Manuel Jesús, se tragó un mes de prisión
y el riesgo de peor suerte, únicamente por tratar de hacer un reportaje
a Maruja Pons, una hermosa artista de ópera. Lo acusaban de aprista,
de subversivo. Pero al final, se enteró que había despertado
los celos enfermizos del amante de la Pons, nada menos que el poderoso dictador
Manuel Odría.
Manuel Jesús, quería llegar donde otros no llegaban, y de
ser posible, el primero. En un mensaje personal, me contó: “Muchas
veces estuve en el filo de la navaja, al borde de lo ilícito, de
lo ridículo, de lo increíble, con tal de ganar la noticia
por puesta de mano”.
La nueva primicia
Ante esta declaración simple, franca, brutal, cabe
preguntarse si hoy es aún válido el concepto de primicia.
¿Es la primicia, la misma de antes?
¿Podemos hablar de primicia en el mundo de hoy tan intercomunicado,
interrelacionado? ¿Algún diario se atreve a competir con la
radio y televisión de hoy? ¿Puede alguien ignorar que la Internet
es la proveedora de todas las fuentes imaginables de información?
Dada la masificación del acceso a la información y el abaratamiento
de los medios de producción de contenidos, devienen poco ciertas
y rentables la cobertura única, la revelación exclusiva, la
transmisión sorpresiva.
No olvidemos que el fatal accidente de la Princesa de Gales dio la vuelta
al mundo en cuestión de minutos, y su sepelio fue seguido por cientos
de millones de personas conectados prácticamente todos a la misma
transmisión. No hace mucho varios continentes tuvieron el dudoso
privilegio de seguir al momento que ocurría el bombardeo de Bagdad.
Estuvimos sentados en primera fila, en ocasiones, con el tiro de cámara
de la visión del piloto bombardero.
Retomemos, además, la apreciación de que la prensa, empujada
por una demanda masiva de información, tuvo que llegar a procesar
la información con instantaneidad.
Pero, hoy, se diría que ese atributo ha sido desplazado por la simultaneidad.
Las cosas ocurren al mismo tiempo que nos informamos de ellas. Más
aún, los medios electrónicos están haciendo posible
la interactividad. Este atributo de la información permite que el
individuo busque lo que a él le interesa, obtenga por sí mismo
las respuestas a su medida, escoja los canales, y decida la oportunidad
y modo en que se expone a la noticia.
La democratización del acceso a la información ha hecho que
los mismos receptores sean emisores de información y participen de
la gestión de la información. Muchos medios tienen versiones
Web y constantemente hacen que la gente participe opinando, creando corrientes
de opinión, aglomerando datos sobre un tema dado. Hoy, un ciudadano
puede gestionar respuestas propias o conseguir una visibilidad personal
mediante su versión de los hechos, a través de los llamados
Web-blogs.
Es más: después del atentado terrorista del 11 de marzo en
Madrid, las movilizaciones ciudadanas se organizaron no desde convocatorias
por los medios masivos, sino desde los mensajes de texto por celulares.
La movilidad es ahora un componente de la demanda de información:
viaja donde va la gente. El poder del individuo ha hecho que todo se oriente
a servirlo, a mimarlo, a calzar en sus más mínimas apetencias,
Y por ello la noticia ya no es un coto de caza exclusivo de los medios tradicionales.
Hay que recordar que la fuerte competencia de la radio y la televisión,
obligó a la prensa a un reenfoque del tratamiento informativo. No
sólo debía contar las cosas, sino explicarlas. Las famosas
preguntas que debían ser absueltas para satisfacer la curiosidad
del lector, qué, quién, cuándo cómo y dónde,
tuvieron que asumir otras cuestiones prioritarias: el por qué y para
qué de las cosas.
Todo esto demanda un cambio en la concepción de la geometría
informativa. Hay quienes postulan no hablar de Pirámide Invertida
sino de Poliedro Informativo. (los españoles Tito Drago, comunicador,
y Antonio Rodríguez de las Heras, historiador). Se trata de acceder
a la información no por unos ángulos limitados, sino mediante
facetas ilimitadas. Esto implica libertad en el abordaje de la noticia,
en su tratamiento y en su destino. Es época de concebir la información
de un modo caleidoscópico, de abordar la novedad con la forma del
cuboide de Neker, decía Rodríguez de las Heras.
Una vez más, habría que reconocer que la evolución
tecnológica condiciona el modo de informar, sin llegar a coincidir
con el planteamiento audaz de MacLuhan que profetizaba: el medio es el mensaje.
Podríamos pensar que ya no basta responder lo que el común
de las gentes quiere saber sino lo que ciertos segmentos aspiran, públicos
identificados, por ejemplo, por modos de consumo o estilos de vida. Más
aún, se trataría de un abordaje informativo que tampoco se
limita al texto sino que se amplía a la fotografía, infografía,
a la imagen en movimiento o la multimedia.
Tal vez, también es hora de cuestionar la esencia fundamental de
las noticias: su carácter de perentorio y perecedero. ¿Es
posible que la noticia no muera, que dejemos atrás ese concepto de
que la noticia tiene una vida fugaz? ¿Estar conectados a las fuentes
de información nos desdibuja la noticia? ¿Dónde comienza
y termina una noticia si estamos enchufados a los hechos en tiempo real?
Mejor aún: ¿son las noticias tales, precisamente porque comienzan
y terminan?
No hay respuesta fácil. Podría decirse que estamos ante un
continuo informativo, somos espectadores y protagonistas de un constante
discurrir, lo que puede estar afectando incluso nuestra percepción
de la historia, imposible de ser aprehendida a través de hitos o
etapas, sino de intensidades de flujo. Tal vez ya ha acabado la batalla
del periodismo contra el reloj. Ha cesado la confrontación del medio
contra el tiempo.
Todo esto enmarca la pregunta sobre la vigencia o no de la primicia. En
la búsqueda de claridad, deberíamos diseccionar la naturaleza
de la primicia. En efecto, puede que hayan perdido relevancia la emisión
instantánea de los hechos, y la exclusividad frente a la competencia.
Pero lo que no ha caducado es el valor de la noticia en función de
cada público y mucho menos la calidad del informante.
Dentro de los atributos informativos de un hecho, es decir las cualidades
que lo potencian para ser noticia, Carl Warren menciona en su decálogo:
en primer lugar, la actualidad ( lo nuevo, lo fresco y novedoso); la proximidad,
es decir la cercanía a los hechos; pero también otros atributos
como el amplio campo de incidencia, la resonancia pública ( la notoriedad
de los personajes), el dramatismo, la curiosidad, la conflictividad, el
interés humano, el amor, y el progreso.
No obstante, bien podríamos cuestionar el peso relativo de la actualidad,
dado que todo es actual todo el tiempo; y de la proximidad y del campo de
incidencia, porque casi somos una sola aldea global, con una agenda universal.
Lo que le ocurre a alguien en Asia puede que termine afectándonos.
Quizá es cierta la teoría caótica del “efecto
mariposa” por la cual el simple aleteo de una mariposa en Japón,
puede que tenga efecto en el clima de Nueva York.
También podríamos objetar el valor de la resonancia pública,
porque personajes los de antes: hoy cualquier deportista, artista, cualquier
enajenado, bataclana o polítiquero es materia de cobertura noticiosa.
En verdad, es el individuo el sujeto de la información.
Si nos quedamos con los atributos de la curiosidad, dramatismo, interés
humano, conflictividad y el amor, seguramente podemos hacer una aproximación
diferente a esas cuestiones.
La curiosidad sigue siendo una constante de la noticia. El periodismo debe
desarrollar la curiosidad de sus reporteros para satisfacer la curiosidad
de los lectores o audiencias. Nada hay más estimulante que lo que
nos sorprende, lo que nos maravilla, lo que llena nuestros sentidos, lo
que aplaca el bicho de la novedad, es decir, la revelación.
El dramatismo, igualmente no pierde vigencia. Buena parte de nuestro existir
es drama sino comedia. Dramatismo es todo lo que conmueve, los que nos ocasiona
emociones fuertes, la materia prima de lo sensacional. Casi siempre vinculado
al dramatismo está el interés humano, todo lo que nos recuerda
nuestra condición de seres vivos, comunes mortales luchando por sobrevivir
en la sociedad, moviéndonos a bandazos entre la rutina y la sorpresa,
la indiferencia y el fanatismo, la adhesión y la repulsa, el miedo
y la ternura.
Y también cercano al interés humano, está el amor como
atributo noticioso. Toda historia en la que está el ingrediente del
amor es más noticia.
Nuestra misma condición humana hace que la conflictividad también
sea una constante del universo noticioso. Mientras el ser humano sea tal,
habrá pugna en la convivencia con los demás, porque siempre
habrá rivalidades de distinto estigma, habrá grupos, estados,
comunidades en disputas.
Las guerras fueron territoriales y étnicas, luego políticas
y económicas, casi siempre de dominación cultural, hoy persisten
las guerras religiosas, quizá mañana sean ecológicas
y de sobrevivencia. Y la prensa buscará a las partes en discusión,
alentará frecuentemente la exposición de sus razones, cotejará
sus posiciones y extenderá el conflicto real hacia uno mediático.
Atributos noticiosos en textos de MJO:
“Los musulmanes no beben licor, si alguien bebe debe
hacerlo a escondidas, como los hindúes que también a escondidas
se matan una que otra vaquita sagrada para confirmar que toda regla tiene
su excepción…” (p.18).
Escribiendo desde la Varsovia comunista, decía: “ Anna Azemberg,
reconocía que en Polonia el campo era la única rama de la
economía nacional donde predomina el productor individual y la propiedad
privada de los medios de producción. Los agricultores individuales
explotan el 75% de las tierras arables y constituyen el 70% de la producción
alimenticia…” (p.59).
En un reportaje sobre Japón, expresa: Los trabajadores japoneses
tratan no solamente de aumentar la producción y la productividad
sino de encontrar nuevas ideas. “En la fábrica Toyota, trabajan
40 mil personas que cada año, por término medio, entregan
400 mil sugerencias para mejorar la producción y la productividad”
(p.68).
Respecto a Nepal, dice MJO: “Todo eso me pareció muy primitivo.
Las religiones cometen algunas torpezas. Por ejemplo, los fieles budistas
les llevan comida fresca a las estatuas de Buda y a los elefantes sagrados,
e intentan darles de comer: veía que les echaban el arroz, los pétalos
de flores por la cara o les dejaban al pie los platos de comida. Después
venían las palomas, las cucarachas o las ratas y se daban opíparos
banquetes” (p.95).
Alrededor de lo mismo, explica que para la religión animista de los
budistas, es normal disponer de un cadáver despedazándolo
para que se lo devoren los buitres, o colocándolo boca abajo en cualquier
río, dejándolo al muerto a su suerte, para que se lo coman
los peces. En general, los tibetanos no comen pescado, y en las ciudades
o aldeas, no hay cementerios (p.124).
Veamos algo más: En Sri Lanka, los nombres de las personas son muy
largos. Por eso es muy común que la gente se los cambie en cualquier
momento con sólo publicar un aviso en el diario. Copia textualmente
el aviso en “The Island”: Berekarage Jorhirage Ganithagage Livers,
de Hakmana, distrito de Matara, informa a la república socialista
de Sri Lanka y al público en general que, a partir de ahora, seré
llamado y firmaré todos mis documentos como Jayarathna Gamge Livers”.
(p.164).
¿No es todo esto sobrecogedor, insólito? ¿No nos acercamos
a la sorpresa cuando nos informamos de esto?
Estaba en Río de Janeiro nuestro Corresponsal Viajero, cuando arribó
de visita nada menos que el primer hombre que hizo un vuelo al espacio,
el ruso Yuri Gagarin. Todo manejado con un extraordinario protocolo, agenda
cuidadosa. Pero el ruso era un varón y sedujo a Olga Slavenko, una
hermosa flyhostess del vuelo de Aeroflot que lo transportó desde
Rusia. El fotógrafo de “Fatos y Fotos”, encaramado en
un árbol cercano a la residencia donde se alojaba, logró escenas
del ruso bañándose desnudo con la Slavenko. La revista adelantó
su salida y el reportaje titulaba: ¡Gagarin deceu a terra!, claro,
el ruso había bajado a tierra. Dejó de ser un héroe
un semidiós y se portaba como un mortal cualquiera. Cuando Gagarin
se iba del Brasil alcanzó a decir: “A los periodistas hay que
tenerles más miedo que a los vuelos al espacio” (p.27).
En un coloquio inusual con un guardián del edificio Rockefeller Center,
un negro de NY, MJO recordó su conversación con el poeta Robert
Frost. Cierta vez un catedrático le preguntó al poeta por
qué en uno de sus poemas hacía hablar a un caballo. Pasémosle
la pregunta a un ranchero, le contestó Frost. El ranchero contestó:
porque hay caballos que hacen mejores preguntas que los catedráticos
(p.98).
De visita en Calcuta, no podía dejar de visitar una antigua casa
donde la Madre Teresa, “adelantándose a la baja policía”
recogía a los moribundos de las calles como gente, en vez de que
alzaran sus cadáveres como perros. Ahí jóvenes hindúes
los atendían con tanto amor y delicadeza como si en vez de ayudarlos
al buen morir los quisieran hacer resucitar. “Las escenas de muerte
nos sorprendieron a los dos porque vi que Shabrir también quedó
mudo viendo a los moribundos y a las monjas lavándoles la cara para
que entraran limpios al cielo que Dios tiene prometido a los pobres como
los de Calcuta” (p.201).
Hablando de sus comienzos como profesional, MJO narra sus desventuras, cuando
fue despedido de un diario por su compromiso político; mientras en
otra oportunidad lo corrieron de una agencia de publicidad, por dormilón.
“En una palabra para mí, 1951, fue trabajar por la comida,
por lo tanto había veces que no podía llevar dinero a mi casa.
Recién casado entonces, me vi obligado a empeñar todo lo que
podía ser empeñable de mis objetos personales, como ternos,
relojes, sortijas, etc.” Incluso el Botón de Oro que había
recibido por ese entonces en Trujillo como premio en un concurso de poesía
lo tuvo que empeñar en una casa de italianos, y nunca más
pudo recobrarlo. (p.175).
¿No son estos extractos un llamado a nuestro sentido de humanidad,
a nuestro interés por el otro, a nuestra cercanía emocional,
a la solidaridad elemental?
Sería largo y por cierto interesante seguir abordando otros ángulos
de información en los textos de MJO, hoy afortunadamente recopilados.
Recordemos lo antedicho: lo que no ha caducado es el valor de la noticia
en función de cada público y mucho menos la calidad del informante.
Es ahí donde la primicia como valor periodístico se reacondiciona
y recobra vigencia. Es sólo a través de la experiencia y de
la vasta cultura general, de la honestidad frente a los hechos, de la genuina
pasión por contar historias, y fundamentalmente de una inmensa curiosidad,
que un hecho puede ser descubierto para sorpresa de los demás.
No importará, entonces, que el acontecimiento incumpla atributos
noticiosos como la actualidad, la proximidad o la relevancia de los personajes.
No será grave que dejemos atrás la pirámide invertida
y las preguntas claves, si podemos reemplazarlas por una aproximación
multifacética, variada, sin recetario.
En referencia a los atributos noticiosos, diríamos que las crónicas
de MJO tienen la virtud de buscar:
- la novedad, en vez de la actualidad;
- el común denominador del interés humano, en lugar de un
amplio campo de incidencia,
- la proximidad psicológica en vez de la proximidad física;
- el protagonismo de personas, en lugar de personajes, y
- el amor entre los prójimos, aún en medio del conflicto.
Es desde la óptica de un ser humano que narra los
hechos para otro ser humano que la información cobra nuevo valor.
Y es así que los hechos pueden dar a luz informaciones vestidas de
primicia.
Ya la primicia no tiene que competir con el tiempo ni con el espacio: tiene
que reinventarse desde una mirada diferente. Ya no reside en los condicionantes
del proceso de transmisión, como la velocidad, ni de la competencia,
sino en la calidad de quien observa los hechos.
Sin quererlo, MJO dejó de competir por la primicia en el concepto
tradicional, y se ha introducido en la raigambre de un nuevo abordaje. Él
practica el enfoque de la sensibilidad, el punto de vista informado, antes
que la velocidad de la transmisión; la sencillez del lenguaje, antes
que el rebuscado tono del intelectual; lo auténtico antes que lo
sensacional; y el afán de revelar lo novedoso en las cosas simples
del diario vivir.
Al revisar sus Crónicas, llegamos a la conclusión que Manuel
Jesús seguirá aportándonos “el fruto primero”
de su sentir cuando mire las cosas para nosotros. Se trata, pues, de una
primicia renovada que se instaura en la visión calificada de quien
puede y sabe contar historias.
CITAS:
1. “¿Qué pasa en el mundo?”, Juan Luis Cebrian,
Aula Abierta Salvat, Madrid, 1982.
2. “Historia Universal”, Instituto Gallach, QW Editores, La
República, Lima, 2006.
3. “Industrias de la Lengua”, VI Encuentro Iberoamericano de
Comunicación, España, 1992.
4. Manuel Jesús Orbegozo “Testigo de su Tiempo”, Lima
2006.
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